Publicidad del centenario de la fundación del Partido Comunista de China en Tianxin (Hunan, China). Wikimedia Commons / Huangdan2060, CC BY-SA Félix Valdivieso, IE University

Nadie como los escritores para olfatear un tema para la gloria. Nadie como un francés de la gauche divine para captar el espíritu de los tiempos, y santificar una época a la que vestir de un elegante y seductor soft power. Así, Malraux elevó a categoría épica, en La Condición humana, la purga de las células del Partido comunista ordenada por Chiang Kai-shek, en Shànghǎi de 1927. Con esa novela ganaría el Goncourt en 1933, y la pose intelectual, su soft power, para sus éxitos posteriores.

En los 100 años que van desde 1921, fecha de la fundación del Partido Comunista chino (PCC), hasta el día hoy, lo menos que se puede decir de él es que su singladura haya sido tranquila. Primero se alió al Kuomintang, y los soviéticos, en lo que se llamó el Primer Frente Unido, para luchar contra los enfervorizados señores de la guerra, que proliferaron tras la caída del imperio Qīng en 1911.

Tras la purga mencionada, la situación entre los antiguos aliados se hizo simplemente insostenible, por lo que terminaron disolviendo el Frente. Pero en una de esas piruetas de la historia, provocada por la invasión japonesa de China en 1935, volvieron a formar un Segundo Frente Unido, con objeto de luchar contra el invasor nipón. Posteriormente, vendrían la Segunda Guerra Mundial, la era Mao, la tumultuosa Revolución Cultural (1966-76) y ya la increíble y también épica historia del ascenso económico del Gran Dragón, ascenso y progreso del que no paramos de hablar ahora que se cumple el centésimo aniversario de la fundación del PCC.

Mao Zedong proclamando la fundación de la República Popular China en la Puerta de Tian’anmen de la Ciudad Prohibida de Pekín el 1 de octubre de 1949. Wikimedia Commons / Hu Bou

La Nueva China

Todos los altos y bajos de la historia de China, desde la caída de la dinastía Qīng hasta hoy, han estado unidos a los destinos del PCC. No parece extraño, por ello, que la identidad del país se confunda con la identidad del Partido. Incluso hay una canción titulada Sin el Partido Comunista no existiría la nueva China. Curiosamente, la canción fue creada a partir de un eslogan del libro El destino de China, publicado en 1943 por el generalísimo Chiang Kai-shek, que decía lo mismo, pero en vez del PCC hablaba del Kuomintang. No falto de reflejos, en agosto de ese mismo año, el PCC publicó un editorial con ese título en el Diario Liberación (Jiěfàng rìbào ,解放日报) y, un par de meses más tarde, un joven comunista, Cáo Huǒxīng (曹火星), componía la canción con ese título. Posteriormente, en 1950, el Presidente Mao le dió el espaldarazo final precediendo la palabra China con el calificativo de Nueva.

Tras el triunfo de la revolución en 1949, todo el interés se centraba en la refundación de China, y por eso se hablaba de la Nueva China. La cuestión no es baladí. La retórica es la bomba atómica de la política. El adjetivo Nueva cortaba directamente con el pasado, que habían combatido. Además, La Nueva China ponía fin a los cien años que habían transcurrido desde las guerras del opio y que habían dado entrada a Occidente en territorio chino, un siglo conocido como los 100 años de humillación, de influencias e injerencias extranjeras.

El socialismo chino

Deng Xiaoping en 1976. Wikimedia Commons, CC BY-SA

En la actualidad, se podría decir que nos encontramos también en una Nueva China, o en una China renovada, que se ha refundado dentro de lo que era. Como es bien sabido, a partir de 1976, con la muerte del presidente Mao, se realizan una serie de piruetas ideológicas que han servido para crear la arquitectura política que ha posibilitado todos los cambios estructurales y reformas económicas de los que hablamos a diario. Es el socialismo con características chinas, que comenzó con el histórico del PCC, Dèng Xiǎopíng.

Una pirueta ideológica que se tradujo en la adopción de partes del sistema de economía de mercado, bajo la férrea dirección del partido, para fomentar el crecimiento económico y la inversión extrajera. El objetivo era lograr una mayor riqueza material.

Sus dirigentes constataron que el nivel económico de China estaba por debajo del de los países desarrollados. Por ello, concentraron sus esfuerzos en lograr una mayor riqueza material, para luego pensar en una redistribución de la misma. Este sería un primer estadio de socialismo más igualitario que allanaría el camino para la consecución del objetivo final, el establecimiento de una sociedad comunista, en línea con la ortodoxia marxista.

Las claves del progreso

¿Pero qué es lo que ha hecho al PCC tan resiliente, especialmente en esta segunda etapa en la que los progresos de China, sociales, económicos y políticos, son de una magnitud sin precedentes? Una mirada a determinados factores culturales, al margen de los fríos datos de desarrollo y crecimiento económico, pueden arrojar alguna luz sobre este fenómeno.

Una primera clave podría provenir de la propia lengua china, de cómo se usa, de la retórica antes aludida.

El nombre en mandarín del PCC es Gòngchǎndǎng (共产党). El último caracter (党) es el que significa partido, pero es el menos interesante para lo que nos ocupa. Lo realmente relevante es el binomio Gòngchǎn (共产), que se traduce por comunista. Sin embargo, una mirada caracter por caracter revela una información extremadamente útil, y da cuenta también de la riqueza de la lengua china. Gòng (共) significa para todos, y chǎn (产), producir. Por ello, Gòngchǎndǎng (共产党), en conjunto, puede significar dos cosas diferentes. La primera es que el PCC (Gòngchǎndǎng) sería el partido que garantiza la propiedad colectiva (para todos) de los medios de producción, lo que se alinearía estrictamente dentro de la teoría marxista de la etapa Mao. El segundo significado se referiría a que se produce para todos, por lo que el PCC (Gòngchǎndǎng) es el partido que produce o facilita para que todos produzcan, lo que estaría alineado con la economía de mercado y el socialismo con características chinas.

Sello chino de 1955 dedicado a la reforma de la propiedad de la tierra. Shutterstock / neftali

Armonía

Una segunda clave estaría en el concepto de armonía (hé和). Esta palabra está compuesta en su parte izquierda por el caracter 禾 (hé), que significa cereal, y en su parte derecha por 口 (kǒu), que significa boca, pero una boca más relacionada con cantar que con comer. La razón es que, en la antigüedad, los campesinos se disponían en líneas, surco por surco, y armonizaban su trabajo con cánticos, como también hacían los esclavos en América. Miradas con perspectiva, las acciones del PCC llaman la atención por estar impregnadas del concepto de armonía, que siempre ha estado presente en la cultura china, desde Confucio hasta nuestros días.

La armonía parece actuar en la sombra, como un principio legitimador de las acciones del partido, que actúa armonizando las diferentes partes e intereses en juego. Es así como continuamente se intentan conjugar los intereses de mercado con los intereses públicos, lo que se traduce en una concentración de fuerzas que acelera el ritmo del progreso. Esta combinación de intereses públicos y privados se armoniza a su vez con fines de largo alcance, que mueven al país en una dirección.

Como ejemplo podrían servir los movimientos del Gobierno chino en torno a la sostenibilidad, donde China probablemente ha cogido con el pie cambiado a los tradicionales defensores occidentales de la misma. China se ha propuesto el ambicioso fin de reducir el carbono para el 2030, y eliminarlo completamente para 2060. Es un fin público, pero que las empresas también están abrazando, tanto en China como en el resto del mundo.

Asimismo, las masivas inversiones públicas en innovación y tecnología para pasar de 4G a 5G traerán como beneficio que zonas de su territorio inaccesibles a la red móvil dejen de serlo, con los beneficios que ello traerá para la educación de su población. No quieren liderar el mundo, sino ser mejores, que suena parecido, pero es diferente, dice Claudio Feijoo, catedrático de innovación de la Universidad Politécnica de Madrid.

Por último, cabría aludir a la mentalidad eminentemente práctica del pueblo chino. Ello se traduce políticamente en que los dirigentes del PCC han llevado a cabo políticas de prueba y error que les hacen continuamente testar sus objetivos y sus métodos. Este 2021, por ejemplo, año de lanzamiento de su decimocuarto plan quinquenal, ante lo incierto del panorama económico nacional e internacional, no han fijado ningún objetivo de crecimiento económico, como han hecho durante años, sino que más bien irán fijándolo según vayan desarrollándose los acontecimientos.

Los factores mencionados legitiman al PCC y contribuyen a su resiliencia tanto o más que los logros económicos. Nadie deslumbra más que China por su crecimiento económico, pero su sistema político, el sueño chino (Zhōngguó中国梦), no seduce al mundo, de momento.

La gran tarea del PCC es cómo transformar su cultura en poder blando que haga más seductora y atractiva su creciente influencia internacional. Surgirán Malraux chinos que vestirán el santo. De momento, un tropel de escritores de ciencia ficción superventas, con Liú Cíxīn (刘慈欣), a la cabeza, está conquistando, con su épica, las mentes y mercados siderales de la humanidad.


Este artículo se publicó originalmente en inglés en IE Insights, el ‘hub’ de conocimiento de IE University.The Conversation


Félix Valdivieso, Chairman of IE China Center, IE University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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